UNA PÁGINA SOBRE EINSTEIN ENCONTRADA EN LA ENTRADA DE UNA ESCUELA CADUCA
enero 31, 2010, 7:11 pm
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“Los grandes hombres, las grandes obras

científicas, tecnológicas o artísticas,

se han logrado por fuera de la escuela”

Diego Leonardo

La vida de Albert Einstein fue rica en genialidad e ironía. Sintió gran pasión por todos los problemas cruciales de su tiempo; efectuó grandes incursiones en los ámbitos de la educación y de las relaciones entre ciencia y política y fue un vivo ejemplo de que, después de todo, el trabajo de ciertos individuos puede llevar a cambiar el mundo.

Siendo niño ofreció escasísimos indicios de cuanto llegaría a ser más tarde. El mismo rememorará años después: “Mis padres estaban preocupados porque no comencé a hablar hasta época comparativamente tardía, y llegaron a consultar el problema con un médico… por aquel entonces… seguro que no tenía menos de 3 años”.

Einstein fue un estudiante mediocre en sus años escolares y recordaba a sus maestros bajo la figura de sargentos instructores. El joven Einstein se rebelaba contra los obtusos y mecanizados métodos educativos de la época. Dice el propio Einstein: “Prefería sobrellevar todo tipo de castigos antes que aprender de memoria cosas que no comprendía”.

Einstein detestó toda su vida a los partidarios de una disciplina rígida, tanto en los terrenos de la educación como en los de la ciencia y la política.

A los cinco años se sintió turbado por el misterio del círculo. Posteriormente escribirá: “ A los 12 años experimente una segunda perplejidad, de naturaleza completamente distinta, al leer un pequeño texto de geometría euclídea plana… había allí asertos, como por ejemplo, el referente a la intersección en un punto a las tres alturas de un triangulo, que a pesar de no ser muy evidentes, podrían ser probados con tal grado de certidumbre que quedaba fuera de lugar toda duda sobre ellos. Esta lucidez y certidumbre me causaron una impresión indescriptible”.

Los programas escolares sólo conseguían provocar tediosas interrupciones a las meditaciones de este tipo. Respecto a su auto educación Einstein dice: “Entre los 12 y los 16 años me familiaricé con los rudimentos de la matemática al tiempo que con los principios básicos de los cálculos diferencial e integral. Tuve una inmensa fortuna de topar con libros no especialmente notables en cuanto a su rigor lógico, deficiencia que compensaban sobradamente al presentar los aspectos fundamentales del tema clara y sinópticamente… también tuve la suerte de empezar a conocer los resultados y métodos esenciales de las ciencias de las naturalezas en excelentes exposiciones popularizadoras que recogían casi exclusivamente los aspectos cualitativos… un trabajo que leí con atención expectante”.

Ninguno de sus profesores se percató de su talento. Resulta dispendiosa la tarea de escudriñar la mente., inteligencia e inquietudes de un estudiante sin (aún) atisbos de superioridad. Los profesores “Vivían ocupados”.

En el gimnasio de Munich, el centro de enseñanza secundaria más destacado de la ciudad, un profesor le dijo en cierta ocasión “Einstein, usted nunca llegará a ninguna parte”.

A los 15 años las sugerencias de este tipo se hicieron tan fuertes y directas que decidió abandonar el instituto. Esto hace recordar el abandono que el grado noveno (cuarto de bachillerato para la época) hiciera Estanislao Zuleta.

Su profesor le indicaba que “Tan sólo con su presencia dañaba el respeto que toda la clase le debía a su persona”. Aceptó con gusto tales observaciones, abandonó el instituto y durante varios meses viajó sin meta ni fin concreto por el norte de Italia. Toda su vida mostró clara preferencia por los modales y la vestimenta sin ceremonias ni formalidades.

Su curiosidad por la física y su admiración ante el universo le permitieron superar muy pronto su aversión hacia los métodos educativos imperantes. Solicitó el ingreso, sin diploma de estudios secundarios, al instituto federal de tecnología de Zurich. Suspendió el examen de aptitud, se matriculó en un instituto Suizo de enseñanza media, por su propia cuenta para subsanar sus lagunas, y al año siguiente fue admitido en el Instituto Federal de Tecnología.

No obstante seguía siendo un estudiante mediocre. No le satisfacía el estudio de las materias obligatoriamente prescritas; esquivaba la biblioteca del Centro e intentaba hasta donde le era posible trabajar sobre sus verdaderos intereses. Luego escribiría: “Desde luego, el principal impedimento para seguir en tal línea era que debía atiborrar mi cabeza con todos estos tinglados y empollármelos para pasar los exámenes, me gustara o no”.

Consiguió su graduación sólo gracias a la ayuda que le prestaría su íntimo amigo Marcel Grossmann, quien asistía asiduamente a clase y compartía sus apuntes con Einstein.

Refiriéndose a Grossmann, dice: “Recuerdo nuestros días de estudiantes. Él era un estudiante irreprochable, y un desordenado y un soñador. Él, en excelentes relaciones con los profesores y comprendiéndolo todo; yo, un paria, descontento y escasamente apreciado. Al finalizar nuestros estudios me vi abandonado de repente por todo el mundo, desconcertado y perplejo ante el umbral de la vida”.

La graduación la obtuvo gracias a un esfuerzo final para sumergirse en los apuntes de Grossmann. Estudiando para exámenes finales, recordará: “Mi ánimo llegó a sentirse bloqueado hasta el punto… que durante un año entero hallé completamente enojoso el análisis y consideración de cualquier problema científico… es casi milagroso que los métodos modernos de instrucción no hayan conseguido ahogar por completo la curiosidad por la investigación, pues la principal necesidad de tan delicada planta, aparte, del estímulo inicial es la libertad. Sin esta, corre seguro peligro de muerte… y creo que incluso puede despojarse de su voracidad a un animal de presa sano, si se le obliga a comer a golpes de látigo, con hambre o sin ella…”.

Surge una pregunta: ¿Cuántos Einstein potenciales habrán llegado a sentirse irremediablemente descorazonados a causa de exámenes competitivos y del hastío generado por currículos vacuos y preguntas estúpidas?

  • Sagan, Carl. El cerebro de broca. Editorial grijalbo. 1984.
  • Los dragones del Eden. Ed. Grijalbo. 1979.
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Excelente artículo.

Comentario por Cheres González




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