LA CONCIENCIA EN EL ARTE
enero 31, 2010, 6:44 pm
Filed under: Uncategorized

Diego Leonardo

INTRODUCCIÓN

Muchos autores al pronunciarse sobre el arte, lo plantean como una creación en abstracto”, y totalmente ajena a la realidad objetiva.

Es así como y a través de la historia de la humanidad han aparecido cientos de defensores de tales pensamientos, entre los que bien pueden figurar:  Platón, el propio Aristóteles, Kant, y todos aquellos discípulos de la filosofía kantiana y hegeliana del ala derecha, no dejando de apuntar otros muchos del presente siglo.  Sin embargo es y gracias a los aportes de científicos y filósofos del siglo XIX y del actual, tales como Marx, Engels, Plejanov, Lenin, Freud, Adler, Jung, Kafka, Brecht, Dalí, Picasso, Macarenko, Foucault, Bachelard, Kelle, Mokovolson, etc, que el concepto de arte, de creación, ha logrado ser ubicado en su correcta significación.

El materialismo dialéctico entra entonces a explicar, en nuestro caso, la significación y oficio del arte como fruto de una determinada conciencia social a la vez que el influjo de aquel en ésta.

LA CONCIENCIA EN EL ARTE

El arte, como una forma de la conciencia social, se caracteriza por tres momentos fundamentales tomados en su integridad: el cognoscitivo, el ideológico y el estético.  Examinaremos estos momentos.

1.El aspecto cognoscitivo del arte.

El arte es una forma del reflejo de la realidad.  Justamente por eso es una de las formas de su conocimiento y su relación frente a la realidad es un problema fundamental de la teoría del arte.  La postura del arte ante la realidad es, por su esencia, un caso particular del problema gnoseológico básico de la relación entre conciencia y existencia, lo cual evidencia la gran significación de la teoría leninista del reflejo para una interpretación científica y materialista de la naturaleza del arte, para la lucha contra las distintas teorías idealistas y formalistas del arte.

La particularidad del arte como una de las formas del reflejo de la realidad depende ante todo de qué refleja, es decir, de cuál es el objeto del arte, y de cómo lo refleja, es decir de cuál es la forma del reflejo.

El principio formal del arte es la capacidad del hombre para reflejar el mundo en forma concreto-sensitiva.  Pero esa misma capacidad tiene una base objetiva.  Como es sabido las diferencias objetivas entre la esencia y el fenómeno definen las diferencias entre el momento sensual y el racional del conocimiento humano si se considera este problema desde un plano gnoseológico, y las diferencias entre la conciencia común y la científico-teórica si se lo considera desde un ángulo histórico-social.  Si la esencia y el fenómeno coincidieran, el conocimiento sensual y la conciencia común del hombre darían no solo el conocimiento de los fenómenos sino también de la esencia de las cosas, y por consiguiente, sería innecesaria toda ciencia.

La ciencia se relaciona con lo general, lo cual no existe en forma particular, aunque se manifiesta sólo en lo particular y a través de lo particular.  Pareciera que la percepción directa que proporciona el conocimiento de la esencia, agotaran las posibilidades del reflejo de las propiedades objetivas de la realidad.  Sin embargo no es así.

Entre la esencia y el fenómeno no hay solo diferencias sino también una definida relación recíproca.  El fenómeno no es únicamente algo distinto de la esencia, sino también su revelación.  En algunos fenómenos la esencia se revela más nítida, estricta y definidamente, como si se iluminara en el fenómeno dado, para expresarnos en el lenguaje de Hegel.  En éste caso tratamos con un fenómeno típico, con el proceso objeto, acontecimiento, con el hombre, etc.  De tal modo, lo general, lo esencial, lo necesario, interviene en la realidad tanto de conformidad con las leyes objetivas como de lo típico, lo cual constituye la base de dos variedades de la conciencia social:  de la ciencia, que refleja lo general en la forma abstracta de leyes y categorías, y del arte, que refleja lo general en la forma viva, concreto-individual de lo típico.

En el examen de los fenómenos concretos, la ciencia se abstrae de la unidad, separa lo general “en forma pura”, en forma de abstracción.  El arte refleja lo general en forma individual, según se manifiesta en la vida real.  Tanto el científico como el artista reflejan lo que existe en la realidad.  Empero, sería ingenuo suponer que el proceso de la creación artística consiste en la búsqueda de tipos ya acabados y en su simple traslado fotográfico a la obra artística.  Lo típico en el arte es el resultado de la generalización, realizada por el artista en el curso de su creación.

La forma específica del reflejo de la realidad en el arte es la imagen artística.  Esta es la expresión de lo más esencial, de lo más típico, a través de lo individual, es la generalización de los aspectos típicos fundamentales de la vida en forma de fenómeno individual, es decir en forma concreto-sensitiva.

La imagen artística no puede ser identificada ni con la idea ni con la sensación.  En las sensaciones del hombre se refleja directamente el fenómeno dado, lo singular, lo particular.  En las ideas se refleja lo intrínseco, lo esencial, lo general.  La peculiaridad de la imagen artística consiste en que contiene el conocimiento de lo general a través de lo particular, de la esencia a través del fenómeno, de lo típico a través de lo individual.  Las imágenes artísticas de las verdaderas obras de arte no reflejan el aspecto exterior de la realidad sino su esencia; sin embargo, expresan dicha esencia de la vida no en forma abstracta sino concreta, sensual, particularizada.  Si en la obra artística se representa la particularidad, ésta deberá ser tipificada para una sociedad dada.  Si el artista crea un tipo, éste deberá ser particularizado, pues en caso contrario no despertará ninguna emoción.  La obra será artística, tendrá su valor estético, si la realidad es reflejada en ella según esta ley objetiva del arte, es decir, si los tipos son individualizables y los individuos son típicos.

La literatura clásica rusa creó una brillante galería de tipos -Ongéguin y Pechórin, Chichikow y Oblómov, Sobakévich y Plúshkin, etc.-, cada uno de los cuales es una imagen viva, concreta, individual.

Lo típico en el arte, aunque expresa la esencia, lo general, no excluye la variedad de encarnaciones individuales.  En ello se diferencia particularmente de la ley científica.  La ley, una vez descubierta, no es necesario descubrirla por segunda vez; el mismo tipo social, en cambio, puede tener diferentes encarnaciones concretas, ya que lo típico es no solo lo general sino lo general en su revelación concreta, es decir, lo general tal como existe en la vida.  Pero en la vida lo típico existe siempre en lo particular, y lo particular presupone la existencia de condiciones, lazos, relaciones concretas definidas.  La imagen artística de la realidad, presuponiendo la expresión de caracteres típicos en circunstancia típicas, permite por lo mismo numerosas encarnaciones individuales.

La vida no es estática, está en perenne movimiento, se desarrolla, hay contradicciones en su seno, luchas entre las diferentes fuerzas sociales, y los caracteres típicos no pueden ser representados fuera de esas auténticas contradicciones, de los conflictos vitales.  La imagen artística es, pues, expresión de caracteres típicos en acontecimientos y conflictos típicos.

Puesto que el arte, en las imágenes artísticas, refleja verazmente la realidad y proporciona algunos conocimientos sobre ella, el artista puede apoyarse en el resultado de las investigaciones científicas y aprovecharlo para su labor creadora.  El arte y la ciencia, como formas del conocimiento, no se pueden contraponer, pero sería incorrecto, asimismo, no tener en cuenta las diferencias fundamentales entre ambos.

El arte, al igual que la ciencia, refleja la realidad -la naturaleza-, y la sociedad.  Sin embargo, la ciencia tiene por finalidad el conocimiento de las leyes objetivas, mientras el arte aspira a reflejar lo típico.  La ciencia expresa la realidad en nociones, leyes, categorías;  el arte, en imágenes artísticas.  El científico demuestra las tesis que ha propuesto, el artista muestra la realidad describe los cuadros de la vida.  Finalmente, si el resultado del conocimiento científico es la verdad objetiva, el resultado del conocimiento de la realidad en el arte es la verdad artística.  Comparemos al historiador y al narrador histórico.  El primero, cuando describe los acontecimientos, debe ser absolutamente exacto respecto de nombres, fechas y hechos; debe limitarse a presentar con estricta autenticidad el verdadero proceso histórico, sus leyes, absteniéndose de todo aporte subjetivo.  El artista en cambio, no está atado a nombres ni a acontecimientos, puede describir hechos no acaecidos en la realidad, exponer sucesos imaginarios, y al mismo tiempo ser veraz.  La verdad en el arte admite la ficción artística, la fantasía; no traduce obligatoriamente lo que es o lo que fue, sino siempre lo que podría ser, en correspondencia con los rasgos típicos de una época dada y con las formas de su expresión individual.  El arte verdadero, que ha resistido el combate del tiempo, lleva en sí la verdad artística.

La exigencia de la veracidad del arte no es un anhelo subjetivo, sino que surge de su propia naturaleza como una forma del conocimiento.

De ahí que uno de los criterios decisivos en la estimación de la obra de arte sea el de apreciar en qué medida refleja verazmente la realidad.  No es casual que las más importantes conquistas artísticas se vinculen, precisamente, con el arte realista, es decir, con el arte de la verdad artística.

2.El momento ideológico.

El momento ideológico es también una particularidad indispensable y característica del arte como forma de la conciencia social.  Frecuentemente se considera el arte solo como una forma de la ideología, lo cual no es del todo correcto, puesto que el arte no se reduce exclusivamente a la ideología.  El arte se vincula con la ideología mediante dos relaciones:  por la primera, actúa como vehículo de las ideas políticas, morales, filosóficas, estéticas, etc., de una clase determinada; por la segunda, el arte es “ideológico” por su misma naturaleza, ya que su desarrollo está indisolublemente unido a las relaciones sociales entre los hombres y sirve, junto con las otras formas de la conciencia social, a la solución de las tareas planteadas por la sociedad, razón por la cual no solo refleja la realidad sino que también la evalúa y expresa una determinada actitud con respecto a ella.

Con la ayuda de la imagen artística, el artista siempre afirma o niega algo, es decir, que de uno u otro modo, independientemente a veces de su voluntad, lucha por un ideal social determinado.  Con acierto se refirió a ello Chernichévski:  la literatura no puede dejar de estar al servicio de una u otra corriente de ideas:  este destino está en su naturaleza, es un destino que no podría rechazar aunque quisiera.  La esencia social del arte y la tendencia ideológica derivada de ella determinan sus propias particularidades ideológicas.  Todo arte es ideológico, independientemente de que los mismos artistas lo comprendan o no, lo admitan o lo nieguen.  Por eso, incluso los artistas que proclaman la “ausencia de ideas” no hacen sino transmitir la ideología burguesa.

El arte originado por la sociedad, por los intereses sociales, tiene en correspondencia con ellos el objetivo de contribuir a la formación de los rasgos espirituales del hombre, influyendo sobre sus sentimientos y pensamientos.  Todo lo que interesa y preocupa al hombre se refleja en el arte.  Pero por ser el hombre un ser social, que se afirma en la sociedad y con ayuda de ella, le incumben e inquietan en mayor medida las relaciones humanas, y el arte, por lo mismo, se interesa ante todo por el hombre en su vida real, en sus auténticas relaciones con los otros hombres y con la naturaleza.  El arte verdadero penetra siempre en el mundo interior del hombre, traduce sus pensamientos, emociones y sentimientos, refleja la vida del pueblo, sus anhelos y esperanzas.

A diferencia de las ciencias sociales concretas, que se ocupan de la descripción objetiva y del conocimiento de las leyes del desarrollo social y de sus aspectos particulares, el centro de atención del arte no lo constituye simplemente la sociedad como un proceso objetivo sino el hombre social en todas sus relaciones e intermediaciones.

Analizando las leyes de desarrollo de la producción capitalista, Marx describe vigorosamente en EL CAPITAL la imagen del capitalista absorbido por una pasión insaciable:  la sed de lucro.  Pero como científico que era, Marx no se refiere al capitalista como persona concreta sino como capital personificado.  Las figuras del capitalista y del terrateniente -escribe- no aparecen pintadas, ni mucho menos, de color de rosa.  Pero adviértase que aquí sólo nos referimos a las personas en cuanto a personificación de categorías económicas, como representantes de determinados intereses y relaciones de clase.  El escritor norteamericano Theodore Dreiser, en sus obras El Financiero y El Titán, también describe la imagen del capitalista, pero como artista que era, da una imagen concreta del capitalista personificado en Frank Cowperwood los rasgos típicos del hombre de empresa, del bisnessman, del financista.  Siendo artista realista, Dreiser muestra cómo el carácter y los actos de su héroe están socialmente condicionados y revela también los rasgos esenciales de la época.  Por eso la vida social es puesta de manifiesto a través de las características de hombres concretos en sus interacciones, razonamientos, acciones y aspiraciones.  A este respecto, la ciencia y el arte se enriquecen mutuamente.  Marx utiliza ampliamente en la redacción de su obra el estilo artístico y las imágenes artísticas creadas por la literatura universal, para sacar conclusiones científicas más claras y accesibles; el novelista utiliza los resultados de las investigaciones científicas para caracterizar más profundamente la imagen artística.

Aunque el centro de atención del arte lo ocupa el hombre, tiene también importante cabida la representación de la naturaleza.  Mostrando uno u otro fenómeno de la naturaleza, el arte procura despertar en el hombre sentimientos, percepciones y emociones definidas, e influir así sobre él de una manera precisa.  El arte logra este propósito, no simplemente cuando representa la naturaleza tal como es, independientemente del hombre, sino cuando refleja la percepción humana en la naturaleza en correspondencia con sus propiedades objetivas y con la actitud del hombre hacia ella.  Por ejemplo, fenómenos de la naturaleza como la primavera y el otoño dependen de la posición de la tierra respecto del sol, se vinculan a determinados cambios de temperatura y provocan diferentes procesos en el mundo animal y vegetal.  Todos estos fenómenos y procesos son estudiados y explicados por las ciencias naturales, pero cuando los describe el artista por conductos como las artes plásticas (El Otoño dorado de Levitán), de la literatura (El otoño de Pushkin) o de la música (Las Estaciones del Año de Chaikóvski), en la propia obra se manifiesta las sensaciones, impresiones y emociones despertadas en el artista por un fenómeno dado de la naturaleza.  Esto es forzoso e indispensable para la representación artística de los fenómenos de la naturaleza, ya que su copia inanimada no sería percibida como obra de arte.  Goethe dijo en cierta ocasión que la imagen de su perro, cuidadosamente dibujada, lo alegraría tanto como la aparición de un segundo perro, pero no como una nueva obra de arte.  También de esta manera el arte que es una forma de conocimiento, actúa simultáneamente como una forma de la ideología.  Por ello, en la sociedad dividida en clases, el arte tiene carácter clasista, militante, aunque conteniendo también los principios humanos universales.  El arte posee gran capacidad de influencia sobre los hombres:  es un importante medio para la transmisión de ideas y es un instrumento de la lucha ideológica.

3.El principio estético del arte.

La naturaleza del arte y las particularidades de su actitud hacia la realidad caracterizan el principio estético del arte.  En los fenómenos de la realidad, el artista descubre las cualidades estéticas que le son propias.  En las obras de arte, la vida está reproducida de acuerdo con leyes estéticas objetivas, en concordancia con un determinado ideal estético.  El arte opera con categorías estéticas, representando y evaluando los fenómenos de la vida como lindos o feos, nobles o viles, trágicos o cómicos, etc.

La belleza desempeña un importante papel en la vida cotidiana del hombre, quien plantea ciertas exigencias estéticas a cuanto lo rodea.  El hombre crea no solo de conformidad con las leyes científicas, sino también según las leyes de la naturaleza (Marx).  Pero únicamente en el arte propiamente dicho el principio estético tiene significación independiente y no subordinada.  En esto, la literatura, la música, la pintura, la escultura, el teatro, la cinematografía, se diferencian del arte aplicado, de las formas artísticas aplicadas a los objetos de uso cotidiano, donde el momento estético es lo acompañante y no lo primordial.  Un vestido, por ejemplo, debe ser bello, pero ante todo debe corresponder a la estación del año, ser cómodo, etc.:  las exigencias estéticas se subordinan aquí a las utilitarias y de ello puede deducirse que el arte no limita la esfera de la belleza.

Lo bello, al igual que toda otra cualidad estética -como el color, por ejemplo-, es una propiedad objetiva de objetos y fenómenos determinados.  Las cualidades estéticas de los objetos, sin embargo, no se reducen a la simetría, el ritmo, la proporcionalidad, etc., éstas son propiedades objetivas, que al influir sobre nuestros órganos de los sentidos provocan precisamente esa y no otra sensación.

Si consideramos los sentimientos estéticos elementales -en cuanto componen la base del gusto artístico desarrollado- está claro que no son más que una sensación definida, una emoción provocada por los objetos y fenómenos objetivos o por sus propiedades específicas: por ejemplo, el goce que produce a los hombres la forma, el color, la combinación de determinados sonidos, etc.  Y que no aleguen algunos la relatividad, la “subjetividad” de esas sensaciones.  También la miel, como lo hicieran notar ya los hombres de la antigüedad, parece dulce a una persona sana y amarga a una perosna enferma:  esto significaría que la miel, objetivamente, no posee la propiedad en el hombre la sensación de lo dulce, que su dulzura surge de la acción entre sujeto y objeto, o que el hombre es la medida de las cualidades de la miel.  Lo mismo es lo referente a las cualidades estéticas.  Así como la objetividad de lo agrio se demuestra experimentalmente satisfaciendo con la introducción de un preparado alimento determinado al organismo que requiere la acre, en igual medida, experimentalmente, mediante investigaciones fisiológicas, se demuestra que en la base de cualquier sensación de goce se encuentra la reacción positiva del organismo.  La sensación de goce es el signo de la favorable influencia del medio de propiedades objetivas cuya influencia en el organismo provoca esta reacción positiva.  El sentido estético es la valoración de la realidad en forma de emoción específica; es el goce de la naturaleza, del trabajo, de la actividad social del hombre, de la obra de arte.  La emoción estética es una forma de la percepción directa de las cosas y fenómenos concretos, con ayuda de la cual el hombre tiene conciencia de sus cualidades estéticas y define su actitud hacia ellas.  Las cualidades estéticas de los objetos y fenómenos, al influir sobre el hombre, suscitan en él un sentido estético, lo impulsan a admirarse, alegrarse, indignarse, regocijarse, llorar, amar, odiar, experimentar tristeza, ternura o pesar.  Las cualidades estéticas lo mismo son objetivas, como el color, el sabor, el olfato, etc., que subjetivas, como éstas últimas.

Los principios formales del arte, es decir, tanto la capacidad del hombre para reflejar los atributos estéticos de la realidad como su propiedad de tener emociones estéticas, tienen una fuente, una base, una condicionalidad obsolutamente objetiva.

El arte, esclarece, completa y desarrolla el sentimiento que confusamente se suscita en cada individuo que observa un determinado objeto, un fenómeno, una situación vital, una actitud humana, etc.  Esto explica que frecuentemente un episodio descrito por la literatura puede conmovernos a inquietarnos más hondamente que el mismo episodio observado en la realidad.  Esta facultad confiere al arte un enorme poder de influencia emocional.  Cuando leemos libros, escuchamos música, miramos cuadros, presenciamos obras teatrales, películas o teletransmisiones, experimentamos emociones definidas: goce, alegría, indignación, etc.

Lo bello en el arte no es sucedáneo sino la imagen típica generalizada, el reflejo artístico de la sociedad, de la realidad.  Puede decirse que cada artista es un buceador que extrae de la vida las propiedades estéticas que le son inherentes y que él transforma en el oro del arte.  No en vano dijo Maiakóvski:

La poesía es la misma extracción del radio.  La extracción de un gramo, el trabajo de un ano.

Las verdaderas obras de arte son valiosas para el hombre no como una sustitución de la realidad -digamos, un cuadro del mar como sucedáneo del mar auténtico-, sino como una imagen artística que lo ayude a conocer y revelar la realidad a través de sus atributos estéticos.

Como ya lo señaláramos, la percepción humana de la realidad surge primeramente en el proceso del trabajo social.  La actitud estética del hombre con respecto a la realidad nunca ha sido independiente ni aislada de las relaciones sociales, de la lucha de clases, de las ideas políticas, morales, filosóficas de una época dada.  Esto se advierte claramente en el ejemplo de la elaboración del concepto de belleza, es decir, del ideal estético.  El ideal estético está socialmente condicionado, es histórico porque depende de las relaciones económicas y sociales, de las concepciones políticas, de las ideas morales, etc.  Puesto que las condiciones de vida y las ideas de los hombres son diferentes y cambian con el desarrollo de la sociedad, también cambian los ideales estéticos, es decir, el criterio para valorar estéticamente los fenómenos de la realidad y las obras de arte.  Ya Chernichévski había señalado con acierto que el terrateniente y el campesino tienen una idea distinta de la belleza.

¿Significa esto que el ideal estético sea sólo relativo y subjetivo?

¿Puede hablarse de ideas verdaderas o falsas de la belleza?

La estética marxista-leninista rechaza no solo el concepto de que los ideales estéticos están por encima de la historia y de las clases, sino también la negación de todo criterio sobre este problema.  El ideal estético es verdadero en la medida en que corresponde a las leyes y tendencias objetivas del desarrollo social y expresa las aspiraciones de las clases progresistas, las que consolidan con su actividad y su lucha las nuevas formas de la vida social.

Lo bello no solo tiene aspecto subjetivo sino también objetivo.  El ideal estético puede corresponder o no a las tendencias objetivas de la vida, puede ser o no correcto.  Por ejemplo, el ideal estético religioso de la Edad Media resulta incorrecto si se le compara con el ideal del Renacimiento.

Actualmente, el ideal estético veraz del realismo socialista se contrapone a las ideas artísticas tergiversadas y falsas de los representantes del arte burgués reaccionario.  Así y todo, en los ideales estéticos de las distintas clases hay elementos universales.

En contraposición a la estética idealista que sostiene que lo bello es una idea, que no está unida a la existencia sino incorporada a ella desde afuera, desde las esferas de las ideas, la estética marxista considera que lo bello en el arte es el reflejo de la realidad.

4.Dialéctica de los tres momentos.

Hemos considerado los momentos fundamentales del arte como una forma de la conciencia.  Es necesario señalar también que en las diversas ramas del arte y en los diferentes períodos históricos cambia la correlación de esos momentos.  El elemento ideológico, y más aún el cognoscitivo, se expresa mucho acentuadamente en la literatura que en la pintura, en ésta más que en la escultura, etc.  A lo largo de las distintas épocas históricas, las clases sociales en pugna plantean al arte diferentes exigencias, determinadas por la situación social y los intereses concretos de cada clase, las que influyen sobre el arte de una época dada.  El arte vinculado a las clases revolucionarias en ascenso está compenetrado de los intereses sociales, es ideológico, tiene un considerable valor cognoscitivo.  Por el contrario, el arte vinculado a las clases en decadencia se aleja por regla general de la vida, pierde su significado cognoscitivo, su ideología, se torna vacío y, con frecuencia inútil y formalista.  El método del realismo socialista exige a la obra de arte una combinación armónica de los momentos cognoscitivo, ideológico y estético en concordancia con las leyes objetivas de las diferentes formas de expresión artística.

La particularidad del arte consiste en que la unidad de los momentos ideológicos y cognoscitivos se realiza sobre una base estética, lo cual significa que ni el momento ideológico ni el cognoscitivo pueden actuar independientemente del principio estético del arte.  El arte nunca ha sido la simple formulación “artística” de conclusiones científicas definidas, ni de las ideas filosóficas o políticas, aunque proporcione un conocimiento de la realidad y presente un determinado matiz ideológico.

El esquematismo es enemigo del arte.

La imagen artística es la encarnación de los momentos básicos del arte, expresa la percepción estética de la realidad por parte del hombre y tiene naturaleza estética.  Lo estéticamente neutral, es decir, lo que rebasa los límites de la finalidad del arte, no puede hallar encarnación en la imagen artística.  Es absurdo, por ejemplo, intentar reflejar artísticamente el movimiento de los electrones dentro del átomo, el metabolismo del organismo humano, y en general, los fenómenos que no influyan en la sensibilidad del hombre y no puedan estimular su sentido estético.

Puesto que la imagen artística refleja veraz y efectivamente la realidad, tiene también un significado cognoscitivo.

Finalmente, la imagen artística, no solo refleja la realidad, sino también contiene una u otra evaluación de ella, algo que afirma o rechaza.  En dicha evaluación se manifiestan el sentido ideológico y el contenido de la imagen artística.

Estos momentos de la imagen artística reflejan la particularidad del arte como una forma de la conciencia social.  La comprensión de la esencia del arte como unidad de los momentos cognoscitivo e ideológico sobre una base estética permite apreciar cuán limitadas y parciales son las concepciones que definen el arte sólo como una forma del conocimiento, o únicamente como una ideología, o tan sólo como una manifestación estética.  Es cierto que estas concepciones destacan cuáles son las verdaderas propiedades del arte, pero no dan de éste, su caracterización cabal como fenómeno social.

RELACIÓN DE TÍTULOS

Sobre 1:     la subversión a la cultura

Sobre 2:     el hombre civil

Sobre 3:     la subversión ideológica

Sobre 4:     la libertad

Sobre 5:     la democracia

Sobre 6:     la represión

Sobre 7:     el hombre religioso

Sobre 8:     el hombre artista

Sobre 9:     la mortalidad

Sobre 10:   el fin del hombre

Sobre 11:   La conciencia en el arte.

Anuncios

Dejar un comentario so far
Deja un comentario



Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s



A %d blogueros les gusta esto: