HEMINGWAY La construcción de un suicidio
enero 31, 2010, 6:40 pm
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Cuento

DIEGO LEONARDO

Esta mañana pensé por primera vez

que mi cuerpo, ese compañero fiel,

ese amigo más seguro y mejor

conocido que mi alma, no es

más que un monstruo solapado

que acabará por devorar a su amo.

Adriano.

( Memorias de Adriano.

Margarite Yourcenar)

I

Mi nombre es Dayan Parker y nací el 8 de julio de 1895 en Oak Park¸ Estado de Illinois.  Hoy cumplo exactamente 85 años y sé que me estoy muriendo.  Todos los males en uno: Un hastío por la vida; la muerte ya sea natural o violenta  es un proceso que se siente, se padece, se viaja en él.  Al final, sólo  queda un cuerpo putrefacto y repulsivo, una  osamenta esparcida   en  algún lugar , un cadáver, unos despojos.

En estos momentos   recuerdo tanto a Ivan Ilich… y pienso cuánto valor le faltó para remediar su mal y cuán cobarde soy al no hacerlo con el mío…

¿Y quién soy? Por qué aparezco así, no más, luego de un epígrafe nefasto?.

Decidí salir a la palestra después de leer cientos de artículos, perfiles,  notas necrológicas, novelas, críticas sobre quien fuera mi gran amigo y compañero desde la infancia, Ernest Hemingway y lo hago para esclarecer las causas verdaderas de su suicidio.

II

Hemingway nace en el mismo pueblo en el que nací,  un día 21 de julio de 1899.  Nos hicimos amigos en una quebradita del  vecindario a la cual  bajábamos a nadar.  La llamábamos Riala.  Allí  fue donde   Ernest vio por primera vez pececillos juguetones y melosos,  que hacían corro alredor nuestro;  considero que la pasión por la pesca surge precisamente en Riala.  Compartíamos  viandas, dulces y risas que pintaban  la alborada circundante con tintes infantiles, mientras a la distancia se vislumbraba un ligero tañir de campanas.

Al regresar a casa   lo hacíamos entre cabriolas de amistad y voces musicales salidas de copos de vida. No  voy a hacer el itinerario de nuestras vidas, ya que mi interés es contar el proceso de un suicidio. Ernest lo construyó.  De mí, lo único que deben saber es que fui su amigo más cercano.

III

El proceso de muerte llega a su fin el 2 de julio de 1961 y a los pocos días  el cadáver es enterrado en el cementerio de Ketehum. Sesenta y dos años jugando y construyendo un mundo de visiones, pasiones, sangre y deterioro corpóreo.  Todo esto enmarcado en la promiscuidad natural entre una Elizabeth inconstante, una Paulina insatisfecha, Martha Gelhorn ingobernable y Mary Welsh constante y creativa.  Sus orgasmos  amorosos superan los diagnósticos triviales de siconoanalistas, quienes se remiten al suicido del padre por allá en diciembre 6 de 1928.

Olvidan que las manifestaciones espirituales, culturales, pasionales, no son de carácter genético.  Periodistas orientados  por médicos dicen en primeras planas que trastornos nerviosos, afección en la córnea y presión arterial  lo aquejaban  y lo llevaron al punto omega.

Cuán equivocados estaban. Los motivos se enmarcan en lo que podría denominarse estética de la vida y que Antinoo, según Papini, nos ofrece cuando a la edad de 20 años, decide suicidarse en el Nilo, para que su Adriano lo recordase siempre hermoso.

IV

Un hombre con apariencia patriarcal, bello, inmensamente rico, premio Nobel, amado y admirado  y con un cerebro creador de mundos y paradojas, vive en un mundo paradojal.  Los códigos estéticos son comprendidos y vivenciados por aquellos quienes logran llegar a un punto tal de penetración en la  inutilidad de la existencia que prolongan la agonía, gracias al arte.  Sus vidas se convierten en arte, su estilo de vida se embriaga en el  más refinado surrealismo.  El surrealismo no  ya como movimiento  o escuela artística se convierte en   cantera inagotable de amor, pasión, ardor y canto.   Si bien Ernest no fue surrealista en escritura, sí lo fue en el modo de vivir.  Y allá en  Cuba, en Quinta Vigía, en ese ambiente tropical, un mundo tropical, un color canelo tropical y una piel que emana gotas de sangre y armas de ser  en sí y por sí, logra brindar una copa  al  mar salvaje y a su fiel amigo Santiago el perseverante  y el  demostrador de que todo esfuerzo es vano y por consiguiente absurdo. Como absurda,  -me dijo cierta vez, con voz apagada- es la caza, la pesca y el boxeo, mis tres grandes amantes y mis tres grandes decepciones.

V

Doce de la noche.  Nos encontrábamos Mary, Ernest y   yo  en cena familiar.  Lo miraba y veía en él toda la angustia,  todo el fervor, toda la ausencia y un punto final.  No habló al  crispar las copas, un vino tinto chorreó las espaldas sudorosas  de las copas;  Mary en un mutismo cantor de interrogaciones, yo, en una admiración vacua, tampoco dije nada.  El ambiente era siniestro, todo inducía a un recuerdo de un Poe trágico y beodo.

La velada termina con unos acordes distantes cuyos ecos se pierden en el vientre azabache de la noche.

Al despedirme fingí ir al lavabo y de manera escurridiza guardo unos apuntes que en hojas marchitas yacían  gimiendo en un rincón del diván.  Helos aquí!

VI

Al acercarme a los 30 años comprendo por vez primera que el espacio y el tiempo no eran principios a priori, como sostenía Kant.  Eran realidades, existían; mi aspecto físico cambiaba, y a pesar de mi atractivo el cincel del tiempo iba borrando la juventud y hacía aparecer las señas de edades parturientas de experiencias,  desazones,  quiebres, y   esa cierta desfiguración que algunos tratan de ocultar con sofismas llamados experiencia, conocimiento, riqueza.

La gran potencia que airosa se alzaba en un Kilimanjaro  pálido, en una decisión inminente de dejar las armas, en un recuerdo fugaz de aquellas aguas primaverales, en esa majestuosidad de las verdes colinas africanas, o en los ojos hirsutos  de una muerte en la tarde, se va volviendo nieve;  una potencia como copos de algodón,  bellamente impotente, a pesar de la potencia sacada del deseo contra el mar, y contra el mar se va.

Lo tenía todo. Amor, mujeres, riquezas e incluso la sutileza de esquivar los efectos de un nombre sobre su comportamiento. Mi madre, Grace Ernestine había escogido  Ernest. Yo esquivé la posibilidad que dan los nombres; lo hice con cuatro  mujeres oficialmente concebidas.  Estoy confundido un poco, de pronto por no haber dejado aflorar el otro  Ernest.  Había abierto un postigo con  Dayan  y entre ambos lo cerramos.

Un sábado cualquiera, mientras mi mujer encargaba ciruelas en un  huerto cultivado allá muy dentro, y mientras baño mis carnes magulladas por el  tiempo, y la pena de verme envejecer, caí al suelo.  Difícilmente  logré ponerme en pie.  Mi mujer nunca lo sabrá. Lloré frente a un espejo que me miraba con cierto desdén, y en cuyas manos pasan esos días de fiesta de otrora y la agonía del instante.  Mi mente recorre las explicaciones de proclamar la muerte y aparece a mi visión la estética del cuerpo. Ya se habían acercado a ella el viejo Sócrates-Platón, Leonardo, Kant, Baudelaire, Rimbaud,… Me tocaba el turno, y vi el desfile irreverente de jóvenes hermosos con sus cuerpos cuajos de aromas, poder, musicalidad y ritmo. Y me vi, y no me vi. Salí muy tarde de mi cuarto amigo de mi baño clarividente.  Con cierto deje dí un último  vistazo a Mary; dirijo mis pasos cansados por la agonía lenta de unas ansias no estéticas, y llego a un espacio recogido por el propio espacio.  Tomé la escopeta con la cual di cuenta de muchas bestias incluyendo la última de hoy.  Abrí un poco la boca, mientras  recordaba al hombre muerto de Quiroga, unos instantes atrás.

VII

Un sonido seco y prolongado por un eco intelectual de heridas ha mucho tiempo formadas, cunde por el lugar.

Una coda.

Ahora regreso a mi inexistencia.

Dayan.

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