EROTISMO Y LITERATURA
enero 31, 2010, 6:35 pm
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UNA HISTORIA LITERARIA SIN HIPOTESIS O UN DISCURSO IRRACIONAL SIN NOTAS DE PIE DE PÁGINA

Diego Leonardo

Demos inicio a esta charla con dos epígrafes que ilustran ese mundo, ese ser, ese sentir.  Sexo y Erotismo,  Vilipendiados, vetados, amados y comercializados.

“Yo bien sé y estoy seguro, según la doctrina de nuestro Señor Jesús, que ninguna cosa es en sí impura, sino que se hace impura sólo por aquel que por tal tiene.  (San Pablo en la Epístola a los romanos, XVI, 14)”.

A su vez, Theodore Schroeder manifiesta:  “La obscenidad no existe en ningún libro o cuadro; es tan sólo una propiedad de la mente del que lee o contempla ”Y no sólo estos dos pensadores se lanzan al mundo de lo “imposible” para hacer brillar algo posible.  Cientos de hombres se han expresado en tal sentido.  El desfile de irreverentes es grande: Safo, Platón, el Arcipreste de Hita, Boccaccio, Goethe, Proust, Barba Jacob, Mutis, De Greiff, García Márquez…

En Corriente Alterna, Octavio Paz dice: “El erotismo es imaginario.  Es un disparo de la imaginación frente al mundo exterior.  El disparado es el hombre mismo, al alcance de sí.  Creación, invención: Nada más real que este cuerpo que imagino, que toco y se desmorona en un montón de sal o se desvanece en una columna de humo.  Con este humo mi deseo inventará otro cuerpo.  El erotismo es la experiencia de la vida plena, puesto que se nos parece como un todo palpable y en el que penetramos también como una totalidad; al mismo tiempo es la vida vacía, que se mira a sí misma, que se representa.  Imita y se inventa; inventa y se imita. Experiencia total que jamás se realiza del todo porque su esencia consiste en ser siempre un más allá”­­.

Logremos otro acercamiento al término por  el lado de la academia: “Pasión fuerte de amor”, o en la esquina oímos:  “Todo lo que tiene que ver con el amor y el sexo”.

Laplanche y Pontalis dicen: “Término mediante el cual los griegos designaban el amor y el dios amor”.

Existe algo indiscutible en lo pertinente al hombre: La indisolubilidad del amor y el sexo.  El amor no tiene tiempo fijo:  Puede serlo de un instante o de toda una eternidad.

He denominado al sexo-amor nutriente afectivo porque al igual que el otro, el fisiológico, Nutre.  Sin ellos, el hombre perecería inexorablemente.  Sin el fisiológico el hombre se desnutre y muere y sin el afectivo sexual, el hombre entra en una desnutrición síquica, deseos inmensos de preñar la inexistencia.

De ahí que siendo vital ha estado siempre con nosotros, en nosotros. Nos ha dotado y habita y no como afirma Edgar Marín en Amor y Erotismo en la cultura de masas que el erotismo es un fenómeno reciente. No, por el contrario, siempre lo ha sido.

En nuestra lengua tenemos manifestaciones de tal fenómeno en forma de jarchas, leamos una: “Una moza que siempre se queja de un desdeño (ay de quien se confía en el que nunca se apoyó) ardiendo de ella amores y viéndose lo duro y sordo, contó pues su esperanza.  En él reposa tan sólo.  Dueño mío, Ibrahím, ¡Oh! Nombre dulce, vente a mí, de noche.  Si no, si no quieres, iréme a ti – dime a dónde – a verte”.

Los fenómenos no se dan cuando se habla por primera vez de ellos.  Es como si destináramos a soñar a los hombres, únicamente por la aparición de Freud.

En lo que compete al sexo en la literatura podemos coger después de esta jarcha y retrocediendo un poco, a la poetisa Safo.  Cantos de los cuales van emanando gimnastas del verso, en una como “música de alas” como cantaba  Silva.

Bilitis, es una variante de esos cantos.  Hija directa.  La obra encierra fuera de la belleza en su estructura, esa dinámica salida de la existencia misma de los seres.  ¿Cómo quieren algunos aislar la literatura de la vivencia?…  La literatura es una de las formas de habitar, de ser en el mundo. Parodiando a Borges: Y si el mundo es un sueño del hombre, un sueño literario?.

Platón en el Banquete y en Fedro convierte a Eros en anfitrión. Ese Eros es quien acompaña a Sócrates hacia Alcibíades y al propio Platón, quien guía a Pericles a Campos de Batalla, quien arma la estructura nupcial de Caos Y Noche.

La Biblia es uno de los libros en los cuales el Dios amor engalana muchas de sus páginas.  Y no es precisamente ese mal llamado amor platónico.  Este concepto no tiene razón de ser.  El amor platónico es una expresión sin sentido.  No existe.  Se aman los seres, indivisibles, únicos, totales.  Sí, la Biblia y no precisamente en sentido figurado, alberga grandes recámaras ahítas de amor,  e incluso, si se aceptara ese simbolismo, llegaremos al mismo punto.

Es en la Edad Media que el sexo y el erotismo en general van a entrar, no a ser depurados (algo insólito, fuera), sino negados, recluidos, prohibidos y asesinados. Dejando eso sí, la reproducción a perpetuidad de los mismos.

A un fenómeno como el hombre cuerpo (no en el sentido de fenómeno husseriano) lo fraccionaron en dos, algo que se venía dando tiempo atrás (Platón por ejemplo)  la Edad Media lo consagró como tal.  Aún existen acólitos  de tal operación.  Por un lado, el “almita cristiana” organizada y con existencia de acuerdo a los pensamientos puros de los clásicos griegos, y por el otro, el cuerpo oprobioso y repulsivo, dado a desaparecer en este mundo lejano y ausente del mundo “ideal”.  Léase: Celestial.  Este desprecio por el cuerpo brota de uno de los hombres que más disfrutó de ese cuerpo y de esos cuerpos, Platón.  “Paradójica histórica”.

Aquí no podemos hacer semejante magia.  Tomamos al hombre como una totalidad invisible.  Un ser cargado de una energía libidinal que lo conduce a la selva huracanada del amor en una como posesión forzosa y de un orgasmo que se extiende hasta los recovecos de los castrados de ayer y hoy, a todos los rincones de las sinagogas y casas de los detractores de Freud, preñando todas las páginas infértiles de los negadores de esos cuerpos, de esos amores.

Toda época gesta y da a luz a quien en términos dialécticos va a ser un negador-constructor.  De esa oscuridad salen, en un avanzar lento pero eficaz seres que van a ir diagramando el mundo de la literatura y en un gesto soñador, tierno y muy amoroso:  Eros el Rey.

El Arcipreste de Hita, se apoya en Aristóteles y canta: “Como dice Aristóteles, cosa es verdadera: El mundo por dos cosas trabaja:  La primera, por haber mantenencia; la otra cosa era por haber juntamiento con fembra placentera”.

El “Libro de buen amor” y como su título lo dice, se levanta en paradigma de una nueva visión, de un rescate, de un reconocimiento, de un derecho y de un arte.  El hombre canta su sentir.  El Arcipreste siente, dice y obra.  Una combinación de arte y vida son.  Se atrevió a retar a la norma mortecina, y la venció.  El libro está, el amor está.  Estarán.

El bachiller Fernando de Rojas recrea un mundo de pasión lleno.  Celestina de amor, Celestina de sexo, y su marco real y conceptual:  La muerte.  Melibea y Calixto serán por siempre los continuadores de esa tragedia y que se continuará en Werther y otros más.  ¿Somos celestinos de nosotros mismos?  Somos cómplices y miramos de soslayo tal carácter, no importa el mirar, la realidad es.  Somos. Gracias por ser mi cómplice de nuestros cuerpos y nuestros goces.

Camina Don Quijote en una búsqueda de sí y en él va Dulcinea.  Un hombre, una mujer, una pasión inútilmente dominada.  Podrá replegarse, esconderse, más no eliminarla.  Nos lo muestran Santa Teresa de Jesús, Sor Juana Inés de la Cruz.

Octavio Paz en su ensayo sobre ésta última habla de un erotismo sagrado.  Y es precisamente Sor Juana quien en literatura lo lleva a su máxima expresión.  Un soneto titulado: “Corazón deshecho”, dice: “Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba, como en tu rostro y tus acciones veía que con palabras no te persuadía, que el corazón me vieses deseada. Y amor que mis intentos ayudaba, venció lo que imposible parecía; pues entre el llanto que el color vertía el corazón deshecho destilaba.  Baste ya de rigores. Mi bien, baste; no te atormenten mas celos tiranos ni vil recelo tu virtud contraste con sombras necias, con indicios vanos pues ya en líquido humor, viste y tocas mi corazón deshecho entre tus manos”.

Que a una obra se puede llegar por métodos diferentes es cierto, pero llegar a negar la vinculación del autor con ella es algo que si bien por metodología no se aborde, es aceptable, pero por prejuicios o inhibiciones se envíe al cuarto de rebujo, es inaceptable.

Sabemos bien, como los primeros en dejar el mundo y habitar el escrito por él y en él, fueron los formalistas, y su máximo pontífice, Jackobson.  La tarea se hace monótona, podría decirse gramatical?… No, inventarial.  Sí, un inventario de formas.

Para muchos la psicología y la sociología son fantasmas que no deben asomarse a los predios de lo literario, y sin embargo están ahí, en él.  En la introducción mencioné “un ángulo desde el cual se mira”.  Es bueno tenerlo como referencia, ya que los autores que vienen en seguida, tienen el propio.  Llámase análisis formalista, semiológico, sicoanalítico, sociológico, gramatológico o sociocrítico, Eros lo habita y desparrama por todos los renglones, gotas “de esencia de amor”. Un tipo de desconstrucción Derridaniana.

Baudelaire amaba lo femenino en el punto coyuntural donde colinda con lo masculino.  ¿Una ambivalencia?…Tal vez.  Lo cierto es que para captar el mundo, no importa el ángulo, es necesario manejar esa ambivalencia, no se necesita llevarla a sus últimas consecuencias: Una cama, sino aceptarla y comprenderla.  Aceptándola tenemos un punto eficaz de arranque.

Se tira al tapete del amor un posible enfoque: El amor corporal o literario lleva en sí el germen de cierto tipo de locura.  El amor es un estado demencial que nos posee y lo poseemos.  Una palabra, un renglón, un párrafo en un rito del cual posibilita el revivir constantemente,  todo nos excita.  Neruda escribía “Por verte orinar al fondo de la casa” tal sonido erotiza, al igual que la “Cabellera” en Baudelaire.  Y qué decir de aquellas viejecitas del mismo poeta…Fueron una vez un canto, unos deseos y una pasión transformada en poesía… maldita?… El arte no tiene ética, ni bondad, ni maldad.  Es arte.

Carnes que fueron, fruto que posibilita lo que en mis términos denomino: “Antropofagia simbólica”.  Se reafirma aquí mi concepto sobre el sexo como alimento.  Nos devoramos al otro en un rictus trágico.  El sexo en la literatura es trágico, cargado de una inmensa soledad… Lo trágico por excelencia.  Y en el mundo no literario acaso no lo es?  Miles de muertes simbólicas producto de la locura del amor, aparecen flotando en bellas páginas.  Desde Baudelaire, pasando por Rimbaud, hasta llegar a uno de los nuestros, poco afortunado en las antologías eróticas latinoamericanas y mundiales: Porfirio Barba-Jacob, y ese otro grande, Fernando Vallejo.

Recojamos algunos pedazos traídos hasta aquí: Literatura, erotismo, ritual, antropofagia simbólica, tragedia de lo erótico en lo literario.

No siendo mi intención seguir en la escogencia y mención de autores, en orden cronológico, tomo a Shakespeare.

La obra de este autor además del tratado sobre el poder y de la perversión del poder como tal, en palabras de Ronald Laing, podemos encontrar no el fantasma, sino el erotismo, en una magnificencia demoníaca.  Francisco Umbral grafica esto, así:…”Una de las fuerzas que mueven el universo, desde Dante hasta Freud, nos conecta directamente con la parte del mal…”

Con el ala de sombra de la humanidad, según Bataille o con lo “oscuro” que pretende aclarar Artaud. “No vale negar la dimensión de lo humano, sino irla colonizando progresivamente, lo cual no es lo mismo que irla aboliendo, pues esta dialéctica de la luz y la sombra es una dialéctica histórica como otras más ortodoxas y su lanzadera teje el tapiz de la historia”.

La literatura transforma todo ese mar convulsionado de pasión y amor.  La imaginación se encarga de ello, es el “paso peatonal a lo literario”.  De esa manera queda sacralizado.  “Una sexualidad erotizada, madura, fantaseante, creativa, imaginada, lírica, con sentido de lo sagrado, no puede salir jamás de la imaginación y se siente más rica con sus fantasías, fantasías que no suponen soledad, sino que se multiplican con la compañía”. Nos dice Umbral con un deje libidinal.

A partir de un ser que me ama, puede transformar el mundo… Don Quijote, o negarlo y ser ambos solamente, Romeo y Julieta, o desaparecerme, Werther.  Baudelaire hizo poesía, es decir, arte, convirtiendo la sexualidad en metáfora, o como Deleze dice, en signos. El Libro de Jera es una de las metamorfosis vida-literatura, más recientes, 1998.

Todo amor en literatura es imaginativo, fabulador, poético.  Decimos aquí que los mal llamados amores desviado, perversos, necesitan imaginar lo contrario de lo que tiene o ganar lo que tiene a partir de lo que imagina.  Toda la literatura salida de tales amores es grande, nunca vulgar, ya que trabaja a mayor presión creadora de metáforas.  La literatura es además y de esta manera metamorfosis de un sentimiento, una pasión, un orgasmo.  Muchos son los que rechazan de plano tales afirmaciones.  Quieren huir de lo inhuible.  Recuerdo aquí una definición que del hombre hizo uno de mis alumnos: “Soy dice, un orgasmo con pies” no se dio cuenta que estaba a la vez creando una figura.

Proust, dice Umbral, no disfraza a sus personajes, sino que los metaforiza, los transforma.  Las obras de arte son en definitiva la sublimación de unas carencias.  En Proust, por ejemplo, ese amor, ese eros homo, no sólo permite ver a la humanidad como en un caleidoscopio, sino que por seguridad y disciplina personal, sigue deformando a los personajes y a sus pasiones.  Su obra es un festín de metáforas creadas por un genio que creía y sentía el amor.

Flaubert hace otra metáfora.  Inmensa.  Es una transformación de amor.  Su hombría se va sumergiendo en un espíritu femenino en un alma de una mujer casada adúltera, con todas sus lacras y necedades.  Tenemos una obra literaria. Fusión de una pasión y un arte. Un cóncavo y un convexo inseparables.

Marcusse dice: “Toda obra de arte nace de Eros”.  Acéptese o no, de cada renglón de una obra de arte, sale cierto olor a hombre en calor.

El hombre es un armador y buscador de misterios.  Mostrad un misterio y pronto tendréis una gran muchedumbre en pos de la compensación: satisfacción.  Una obra de arte siempre guarda en sus entrañas algo de misterio, y este misterio está conectado directa o indirectamente con el amor.

En Proust cualquier mujer tiene un encanto raro, cuando el autor de repente nos descubre que es lesbiana o prostituta.

Oscar Wilde convierte un lienzo en una metáfora angustiada y angustiante.  Ese “color” transformador es el que encierra el misterio que el lector sabe pero que los contemporáneos desconocen.  Nos fascina esa cierta incertidumbre.

Es difícil prescindir del otro escritor o ayudante o como quieran llamar ustedes al lector.  Este es un artífice, recrea lo que lee; le da vida y disgusta con el escritor cuando este no resuelve las situaciones amorosas de acuerdo a sus perspectivas. Los renglones chorrean amor-sexo con un poético olor a semen.

El amor para ser tal necesita no sólo devorar sexualmente a otro ser, sino que hay que sentir a ese ser como absolutamente devorable: este es, como absolutamente adorable.  La adoración colinda con el deseo de eliminación del ser que se ama.  “Relaciones peligrosas” nos muestra esta aseveración. O la muerte de sí mismo.  Tenemos a un Julieta rondar nuestro ambiente o un Calixto diciéndose:  Melibea soy yo, Melibea es mi dios”.

Virginia Wolff vive todas la etapas de una ruptura progresiva con la feminidad tradicional.  Pasa por la locura y el lesbianismo, pasa por el matrimonio y la obra literaria.  Lo resuelve todo en un suicidio.  Su libro: “Orlando” es la muestra de esa epopeya.  Orlando es hombre y mujer, se transforma, participa sucesivamente de ambos sexos.

La película: El Inquilino en términos siquiátricos sin dejar de ser artísticos, nos enseña tal proceso:  Un proceso a muerte.  Es esta la más emparentada con el amor.

La novela la han definido algunos como la epopeya contemporánea, la caracterizo como la otra gran tragedia.  El laberinto borgiano conduce necesariamente a la muerte, pero no una muerte como desdén, sino como agonía, en la mejor acepción de la palabra.  Tragedia literaria, tragedia existencial, tragedia amor-sexo-muerte, fusionados.

Werther es un ovillo que se va desenvolviendo lenta y pasionalmente hasta llegar al punto al cual el protagonista sabe que debe ser de esa manera y no e otra.  E l amor entra a justificar el suicidio en literatura.

Tomo aquí a Henry Miller quien irrumpe en la literatura americana como un vendaval errante.  Resquebraja la moral, la técnica novelesca la cuestiona, la libertad estadounidense es mirada de soslayo.  Asume una libertad total, o al menos, lo pretende, aunque de verdad no pueda vivirla.

El concepto de antropofagia simbólica que es el amor en sí, lo pinta abruptamente en uno de los párrafos de Sexus: “Soy insaciable.  Comería pelo, cera sucia, coágulos de sangre, cualquier cosa y todo lo que sea tuyo.  Preséntame a tu padre con sus trapisondas, con sus caballos de carreras, sus entradas gratis para la ópera, los comeré a todos, los tragaré vivos.  Dónde está la silla en que te sientas?  Dónde está tu peine favorito, tu cepillo de dientes, tu lima de uñas? Sácalos para que los pueda devorar de un bocado.  Dicen que tienes una hermana más hermosa que tú.  Muéstramela… Quiero arrancarle la carne de los huesos.

En Miller el amor metáfora deja de serlo para convertirse en sexo de cloaca o de taxi en movimiento, lugar muy utilizado por Miller para irse “tragando el mundo a pedacitos”.

Miller es el polo sentimental y nacionalista de Whitman y el de la técnica de un Faulkner.  Es un artesano gastronómico, representante fiel de su pueblo.  Aunque no creía en él, su gramática del sexo es la ironía a ese pueblo especializado en la glotonería, en todos los sentidos del término, e incluso en la glotonería de la explotación, incluyendo el chicle del que cantara Piero.

En Miller el erotismo deja de ser poético para convertirse en erotismo de cama, de sanitario o en un orgasmo eterno que va de un New York a un París sensualizado.

En el pasaje transcrito antes, se deja ver un elemento común al amor, pero aquí más acentuado: Un sadomasoquismo ingenuo que disloca el lirismo en una bofetada así mismo.  Compara las exudaciones de la amada con comestibles.  En sopa.  La tensión erótica recae con esta comparación.  El velo deja de serlo para caer en un lecho, tal vez fétido.

“Miller aunque se crea limpio y libre de todo, es el vagabundo americano típico y sin duda su absoluta libertad de juicio, su sentido salvaje  de la libertad no es sino una prolongación afortunada, literaria y vital de las teóricas libertades estadinenses”.

Agrega Umbral “El erotismo positivo de Miller, no está en las anécdotas eróticas de sus libros, casi siempre lóbregas, sino en la técnica misma con que escribe, en la falta de técnica, en la sintaxis facultad del “alma”, en la materia viscosa y rica que maneja, en esa sensación dilatada, ahogante, masticable y moldeable que se tiene al leerle.  Es obscenamente autobiográfico.  (No importa que enriquezca la autobiografía con la imaginación, es lujuriosamente desordenado al escribir, aunque todo acabe en sus libros, como sería puerilmente fácil demostrar y esa materia densa y olorosa, esa impregnación de orín, sudor y salsa de tomate que hoy en su prosa, es la materia prima del erotismo gástrico insaciable de nuestro tiempo”.

Indiscutiblemente Miller es el iconoclasta de la literatura y quien lleva a eros a manifestarse en todo su rigor o en todo su no rigor, de acuerdo a cada visión.  En Neruda, en cambio el erotismo se hace cósmico.  Lo quiere abarcar todo en una concepción ideal y utópica de la existencia, y lo abarca en un himno profundo y humano. Muy sentimental, bastante material.

Neruda fue durante toda su vida materialista, antiberkerleiano, creía en la materia.  Su obra es una especie de epifanía a la materia y en esa al amor.  Su obra es un canto esperanzado y esperanzador de amor lleno.  Su materialismo un poco inconsciente al comienzo, empieza al tener visión al descubrir el marxismo.  Este  le otorga lo que necesitaba: Esperanza.  Si su obra premarxista se puede sintetizar en sexo y melancolía su encuentro va a comenzar la trilogía con la esperanza. Tenemos esos poemas de amor y ese canto desesperado.

Digo un primer materialismo deshilado porque no tenía una filosofía que lo explicara.  Era muy lírico;  de ese lirismo español heredado en estos confines.  En unos versos dice: “Pero aún tengo la aurora enredada en cada sien”.  La naturaleza le sirve a Neruda par mostrar ese lirismo que lo conducirá luego al Pablo Neruda de Canto General.

Su sensualidad reviste cada cosa: “Me peina el viento los cabellos como una mano maternal:  Abro la puerta del recuerdo y el pensamiento se me va”.

La naturaleza se escapa a los deseos del hombre  quien al fin la atrapa en una como violación sacrosanta.

En los veinte poemas de amor y una canción desesperada el erotismo es aún idealizado pero turbulento hasta el éxtasis.

“Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos, te pareces al mundo en actitud de entrega”.

En esta metáfora Neruda emparenta libremente a la mujer y al mundo, interpretándolos como tantas veces hará él en su obra más adelante.

La obra mayor de Neruda y en la que aparece una fusión de eros, energía, creación, es canto general.  Es un canto de amor americano, de paz americana.  Alguien dijo que era un monumento a la utopía… Discutible.  Cuba acaso es utopía?… el Chile de Allende gestaba en su dolor interno el poder transformador de la materia y del hombre.  Fracaso,  Ensayo?

Un amor tenaz ha mantenido a los chilenos empollando una nueva esperanza.  Qué decir del erotismo de nuestra literatura?… Son muchos, por no decir, todos.  Sobresalen entre otros Silva y su sombra inmensamente larga, de amor repleta.  Valencia con una Judith apasionada y violenta, Mutis con unos atisbos griegos, Barba-Jacob en su báquica agonía.  En este último el sexo, enmarca, teje y agrega notas musicales a los cuerpos encantados de la juventud en un como rictus lúgubres, que tan magistralmente plasmara en el lienzo Luis Caballero.

“Ciñe el tirso oloroso, tañe el jocundo címbalo.  Una bacante loca y un sátiro afrentoso conjuntan en mi sangre su frenesí amoroso.  Atenas brilla, piensa y esculpe Praxiteles, y la gracia encadenada con rosas la pasión. Ah de la vida parva que nos da sus mieles, sino con cierto ritmo y en cierta proporción”.

Dionisio gentil hombre hace de anfitrión en esta balada loca a la que acudirán los cuerpos yacentes de los desposados de la muerte, y un coro entretejido por los compases de Kavafis.

En todo el poema y quienes admiramos la cultura griega vemos de nuevo y actualizado uno de esos banquetes engolosinados de amor.

Si el amor es el motor de toda creación, resulta una necesidad seguir mencionando autores para graficar ejemplificar tal hecho.  Con Eros, Tánatos y Esperanza y seguirán posando para el pincel o la pluma.

Una conclusión provisional hasta tanto uno de ustedes la derribe, puede ser:

“LA LITERATURA AL IGUAL QUE TODA OBRA DE ARTE ES UNA PROLONGACIÓN ORGÁSMICA DE NUESTROS DESEOS, DE NUESTRAS ANSIAS, DE NUESTROS CUERPOS. ESTRUCTURA ARMONIOSA DE VIDA Y MUERTE “

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