EMPÉDOCLES SUBE AL ETNA ENTONANDO EL HIMNO FINAL AL NIHILISMO DE LOS CUATRO ELEMENTOS Y UN AMOR INCIERTO EN EL AÑO – 424
enero 31, 2010, 6:30 pm
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Diego Leonardo

Lo comprendió todo: El mundo, los hombres, las cosas, los dioses y no hallando por doquier la necesidad absoluta de existir,  marchó al Etna.

Sus pensamientos se sumergían en galaxias, torbellinos galácticos y en navíos, y una lágrima gigante cubrió la faz por entera y de tapete  acuoso hizo el sendero a sí mismo, marchando-subiendo.

Navegaba  en ese mar  de sórdidos apetitos.  Remaba y avanzaba en  aguas furibundas y rojas.   El calor fusionaba  los pensamientos.

Allá en el centro del junglar marino se sintió mimado por vírgenes quietas, y lo amaron y las amo.  Las cóncavas manos de hombre y mujer se agrietaron cada vez más para en ellas posar los geranios causados por el encuentro augusto y exacto de espermas volátiles y ansiosos de ser, el nuevo ser.   Se rociaron todo el cuerpo, con lucubraciones y contorsiones.

Las fibras musculares tensas desafiaban a los hombres, a los dioses y a la gran industria, incapaz  de fabricar músculos hercúleos, belleza  olímpica y esa cierta lascivia acrisolada de poesía.

Vivió muchos minutos  ensimismado y feliz, sin embargo ante lo inevitable  del avanzar de estos preciosos instantes,  en un oleaje de ellos mismos,  bruscamente fue sacado a costa arisca e inhóspita. Levanta con calma sus ánimos y divisa amargamente el panorama.  El Etna hierve de pasión. Se mira y no puede  ver a su lado ni   las fibras  de orgullo de tiempos idos,  ni  los otrora  brazos fuertes, ni su potencia viril, ni su juventud radiante.  Miró de nuevo las rocas fundidas en un mar impertérrito al hombre.  Camina decidido sobre el tapete arisco hasta llegar a un arsenal dispuesto en plenas aguas.  Toma en su mano una daga y espera el regreso del invierno.

A tientas logró llegar a una quebrada que ya empezaba a engrandecerse por los torrenciales y que había brotado de las entrañas de la roca enfurecida.  Posó su fondillo en la margen izquierda de la quebrada en el mar de lava. Se desnudó, sin mirar ya sus carnes laceradas por los años.

Lanzó indiscriminadamente documentos y trapos al gran abismo.  Miró a Alfa y en círculos concéntricos las ondas acústicas  gemían  por el espacio   anunciando una daga en la inmensidad del volcán.

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