DURMIENTE DEL VALLE
enero 31, 2010, 6:28 pm
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Diego Leonardo

A Rimbaud

Un joven soldado con boca entreabierta, cabeza desnuda y nuca bañada en frescos berros azules. Dormido; tendido en la hierba, bajo las nubes. Pálido y con dos orificios rojos en el costado derecho…

Así lo ve Rimbaud. Es el durmiente del valle. Lo ve y se aleja en su canto hondo y melodioso.

En una edición de título soñado : Poesía simbolista francesa, observo al poeta alejarse con aire dispuesto al reto de la misma eternidad.

Han transcurrido unos cien años, él leyendo el tiempo, el lector leyendo la insistencia. Cerré el libro y un brindis de sensualidad bañó las paredes de mi imaginación.

Era necesario ir a aquel encuentro. Acercarme, cerciorarme del hecho. Debía yacer aún tendido en el césped del valle.

El soldado estaba ahí, esperando, con los dos hoyos rojos encendidos. Me acerco lentamente evitando despertarlo para no herir más su herida .

La luz de la luna media entre su rostro juvenil- musical y el pensamiento y deseo del lector.

Dispongo el ambiente con la compañía de Bretón como coreógrafo, para que una vez despierte, se sienta atraído por la poesía del momento. Dos sillas y una pequeña mesa adornada de poemas lucen en la semioscuridad. Una botella de ajenjo y una como música de alas prestada de José Asunción en su nocturno nupcial. Mi espíritu rebosante de ansiedad…Dos copas crispadas, una de pasión y otra de espera.

La eternidad que es una forma de pintarse el tiempo, saluda con mis anhelos y pienso en los instantes que ha tenido que esperar para que

Arthur lo inventara ; el viento del diecinueve soplara el poema allende el mar, y llegara a mi morada en donde como lector prevenido de aromas, cantos y rostros, leyera una noche de melancolía y decidiera venir a la cita.

Tenían que suceder todos los hilos de la existencia. Entrelazarse para que hoy estuviera frente a tu rostro, y frente a tu nuca, y frente a tus hoyuelos de sangre de amor.

Tomo suavemente su cabeza que yace inclinada en mi pecho. Mis ojos recorren su palidez nocturnal de años dormidos, mis labios recrean las líneas de sus labios nacarados de tiempo. En un vaivén del entendimiento los cuerpos tiritan de aliento, las copas se chocan en trance cuyos lamentos alcanzan todos los confines. Los brazos se abrazan acompasados. Un beso da color al paisaje y al corazón del paisaje. Las palabras fusionan los espíritus.

Caminan, con caminar lento y seguro.

Nos perdemos en una esquina de la oscuridad unos minutos después.

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